09
Abr

Ser en plenitud

No doy por buena una chapuza, ni me conformo con la mediocridad; sin embargo, la perfección me parece estéril e inhóspita. Siento, más bien, vocación de plenitud, algo distinto a un punto medio entre lo inaceptable y lo inalcanzable. Ser-en-plenitud, «teleios» en griego clásico, es hacer que las cosas y las personas se completen, se acaben, maduren, alcancen su auténtico fin. Plenitud es que los olmos sean longevos y los perales dan su mejor fruto.

Aspiro a la plenitud como punto de convergencia de todo sentido. Ese espacio de satisfacción donde la realidad no se violenta y las personas se encuentran cómodas. Un lugar de unión donde el ascensor es ascensor y no solo un decorado; donde los clientes suben y bajan sin miedo ni fatiga; donde nosotros, ascensoristas, sentimos que el trabajo realizado es algo más, bastante más, que pura mercadería.

Esta plenitud no es un artificio retórico, ni una abstracción, son procesos, tareas, historias, cotidianas, reales, cercanas: compañeros que, tras muchas semanas de trabajo, salen por fin dejando listo un montacoches donde había poco más que un agujero; la minuciosa paciencia de quien anota paso a paso la secuencia de montaje de un nuevo aparato; el talento de quien lo mismo adapta un enclavamiento que amasa escayola con estopa para fijar un marco; quien anduvo entre chapas para rematar un cerramiento, quien avanzó en el montaje de un aparato familiar, quien reparó ascensores averiados, quien probó la seguridad de los recién instalados, quien se está formando…

La plenitud a la que aspiro, no es camino fácil, bien sé que no he llegado a destino, pero estoy en ello, paso a paso, planta a planta, aparato a aparato… soy ascensorista, ascensorista de guardia, a su servicio.