14
Jun

Al otro lado del cristal

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han comienza su libro La salvación de lo bello explicando lo que llama la  “estética de lo pulido”.  ¿Por qué lo pulido nos resulta hoy “hermoso”?  Han argumenta a que, lejos de limitarse a un mero efecto estético, se trata de un imperativo social general: convivir, amablemente, con aquello que no daña ni ofrece resistencia alguna, que anula toda negatividad, todo lo que “lo otro” tiene de “distinto”. Lo liso e impecable, dice, constituye la seña de la identidad de la época actual: he aquí los rasgos, destaca con ironía, que tienen en común las esculturas de Jeff Koons, los teléfonos móviles y la depilación brasileña…

Desde la reflexión de Han puedo entender la paradoja de los ascensores panorámicos, su tensión en un doble movimiento contradictorio: por un lado ser transparentes, por otro que no se vea cuanto llevan dentro. Así hay que tapar con chapa, pintura y diseño lo que es mecánico, hidráulico y eléctrico. Lo que da estructura, impulso y control al aparato ha de ser perfectamente, disimulado, tapado,  invisibilizado. La verdad de lo que el aparato es, un mecanismo electromecánico montado a mano, queda disuelta en la apariencia de urna ingrávida que atraviesa el hueco, como el sol por un cristal, sin romperlo ni mancharlo.

La escultura Rabbit, vendida por 91 millones de euros, es por el momento la obra de un artista vivo más cara de la historia. Un ascensor panorámico resulta, afortunadamente,  más barato.  Curiosa y confusa época esta para quienes, quizás todavía sin pulir,  buscamos, en el trabajo bien hecho, otro tipo de belleza.

A uno y otro lado del cristal panorámico, soy ascensorista, ascensorista de guardia a su servicio.