10
May

El placer en lo cotidiano

Respiro,
y el aire en mis pulmones
ya es saber, ya es amor, ya es alegría…

Jorge Guillen.

Como un pastor tiene claro que no es una oveja, yo, a fuerza de años de estar entre máquinas, sé que no soy una de ellas.

No me averío, ni requiero de mantenimientos programados, no estoy hecho de cable y metal. Soy, somos, deseo, experiencia y relaciones; más o menos,  carne; hueso, más o menos; sonrisa cuando se puede y ceño en algún momento. Enfermamos, cicatrizamos, sanamos, padecemos, disfrutamos…

Necesitamos disfrutar tanto como dormir y soñar. Disfrutar del placer, el placer en lo cotidiano, no al final del trayecto, ni, nada que sea muy complejo:  “buenos días compañeros“, “por fin hace algo de fresco“, “localicé esa avería“, “terminamos el aparato de fulano y ha quedado  satisfecho“,  “he aprendido algo nuevo“, “felicidades, gran trabajo”, “qué tal tu hijo“, “tomemos un café”, “por fin el ascensor funciona de nuevo”, “jodida descarga nos  hemos currado toca un respiro, que hoy está ganado“, “gracias, compañera”.

Tan simple como  ver clarear el alba desde lo alto de un cuarto de máquinas, como un nuevo reto, como un problema común y una solución de todos, como una cara amiga, como un beso familiar que se recuerda sin venir a cuento, como el talento compartido y el trabajo en equipo. Tan normal como trabajar con las botas puestas y quitárselas con alivio al llegar a casa, tan grande como solo lo pequeño alcanza a serlo.

Tan cotidiano como el pan. Casi como una plegaria: disfrutar el placer nuestro de cada día, perdonar nuestros errores y ser indulgente con los errores ajenos, no caer ni en el foso ni en ningún otro abismo tentador, librarnos de aquello que nos hace mal. Si, así, que sea así, que así sea.

Pastoreo rebaños de ascensores, no soy una máquina, no estoy como una cabra (por lo primero pongo la mano en el fuego, en lo segundo no sé si me quemo…). Soy, de ello estoy seguro, ascensorista, ascensorista de guardia disfrutando de este amanecer en una nueva jornada.